domingo, 9 de febrero de 2014

Más de 3 millones de argentinos consumen pastillas para tranquilizarse


Clarín 09/02/14


El 40% lo hace según su propio criterio. Los riesgos de los “remedios mágicos” y las redes de contención.

Más de tres millones de argentinos consumen ansiolíticos. Es una práctica que, con o sin recomendación médica, creció más de un 40% en los últimos diez años.

El uso del medicamento se fue banalizando. Se utiliza “en defensa propia”, como un refugio frente a las amenazas de la vida cotidiana.



Socialmente las pastillas fueron aceptadas.
Cualquier persona admite que las toma para poder dormir, buscar un poco de calma, para superar el estrés de un divorcio, por la presión que le generan sus hijos, la autoexigencia personal o la incertidumbre laboral. Para “bancar” la depresión o bajar la ansiedad. Para no estar triste. Motivos hay miles. Cada uno va respondiendo a los peligros emocionales de cada día con su propia droga.
“En general, el psicofármaco autoadministrado funciona como un remedio casi mágico y no es reconocido como parte de un tratamiento. Hay personas que lo tienen tan incorporado en su rutina que lo toman según sus propios criterios. Se ve continuamente en la práctica psicoterapéutica. Lo ven tan natural que a veces ni lo mencionan”, indica la psicóloga Adriana Quattrone.
Por lo general, el medicamento que fue recetado alguna vez por un tiempo breve, queda bajo gobierno del paciente, que vuelve a recurrir a la caja de pastillas para intentar restablecer el equilibro emocional, aunque fuese en forma momentánea. Es un hábito, un antídoto contra la ansiedad.
“La sociedad acumula tensión a diario, casi como forma de vida, y a la vez desarrolla pocas formas de descarga. Entonces el ansiolítico, que es relativamente económico y aparentemente inocuo, funciona como un producto efectivo. Las personas se confían y buscan sus beneficios en pocos minutos. El problema es que su uso se desvía del marco de un tratamiento y se utilizan cuando no son necesarios”, considera la psiquiatra Verónica Mora Dubuc.

En la Argentina, el consumo de ansiolíticos creció el 5% en 2013. Entre los más vendidos, con receta archivada, figuran Alplax, Clonagil, Rivotril, Tranquinal y Neuryl. También existe un “mercado negro” que funciona sin receta en hospitales o por contrabando.
La epidemia silenciosa de pastillas para “combatir la ansiedad y el estrés” se advierte en la facturación: los medicamentos del sistema nervioso superan a los del aparato digestivo o los de las enfermedades cardiovasculares.
Según la última encuesta del Observatorio Nacional de Drogas más de 3 millones de personas consumen ansiolíticos. Un aumento del 40% en los últimos diez años.
Después están los riesgos: un informe del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos calculó que el mal uso o abuso de medicamentos provoca 100 mil internaciones y alrededor de 22 mil muertes por año, en especial en mayores de 65 años. Además, el informe estima que el 40% de la población usa sedantes y estimulantes sin prescripción médica.
En entrevista con Clarín, el psiquiatra (UBA) Harry Campos Cervera, afirma que “desde la psiquiatría más clásica” hay una tendencia a no recetar ansiolíticos. “Se recomienda usarlo bajo cuidado, durante no más de treinta días, porque todos los que se conocen son adictivos. Producen fenómenos de tolerancia, pero luego se requiere más dosis para los mismos efectos. Provocan un efecto rebote”, dice Campos Cervera.
El director de Salud Mental de la Provincia de Buenos Aires, doctor Aníbal Areco, cree que la autoprescripción se genera porque los ansiolíticos llegan a percibirse “como inofensivos”, y atribuye parte de la responsabilidad al “marketing de la industria farmacéutica”, que influye sobre su uso. “Se genera una brecha importante entre los recursos psíquicos y la capacidad individual de respuesta a la exigencia de la sociedad, y esa brecha muchas veces se cubre con una tendencia a encontrar soluciones inmediatas en un plazo breve”, agrega Areco.
La ansiedad es el mal de época.
Poca gente se permite tiempo para vivenciar la tristeza, en parte porque la propia sociedad demanda “no estar triste”. Hay menos tolerancia a los quiebres emocionales, más apuro por resolver situaciones de malestar. La vida es más acelerada.
“La ansiedad es una reacción emocional ante la percepción de una amenaza o peligro. La gente siente que carece de recursos para enfrentarlos.
¿La ansiedad siempre es una respuesta normal?
Cuando es desmedida o innecesaria respecto de la situación y afecta la vida de quien la padece, se transforma en algo patológico”, afirma Cecilia Fidanza, psicóloga.
La ansiedad también se potencia por situaciones que afectan la vida cotidiana de la sociedad, se altera el ánimo con situaciones inesperadas que terminan por agotar las respuestas mentales.
Generan trastornos. Los terapeutas también recepcionan en sus consultorios ese tipo de dinámicas.
Es la experiencia de Adriana Quattrone: “En el último mes acompañé en psicoterapia a personas mayores afectadas por los cortes de luz.
Vi en ellas emociones de frustración, impotencia, sentimiento de desvalimiento y sobre todo, con mucha necesidad de hablar, escuchar y ser respetado por los otros. El diálogo funcionaba como un bálsamo”, indica.
Los días de vértigo y de incertidumbre también son proclives para la generación de grupos y terapias de autoayudas que se ofrecen como una herramienta para mitigar la ansiedad y mejorar la autoestima (ver “ Vecinos en ...”), aunque las salidas individuales, como la automedicación, suponen una alternativa en apariencia más rápida y efectiva. Y también más riesgosa para la salud. “Creo que nuestra sociedad perdió muchas formas rituales, comunitarias, de hábitos, para tramitar esos sufrimientos y dolores”, advierte la psiquiatra Mora Dubuc.
Y así, en las horas de insomnio, en las “horas negras”, la pastilla aparece como un peligroso acto de salvación.




Vecinos en terapia colectiva: en busca de un lugar en el mundo

Más de una docena de personas sentadas en sillas dispuestas en círculo: conversan, escuchan, hacen silencio, se miran. Cada uno está tratando de escuchar su propia voz, buscando reacomodar sus lazos de pertenencia, de reconocer sus emociones en medio de la presión y el asedio cotidiano. Son vecinos “autoconvocados” en uno de los 180 talleres de “terapia barrial” del Hospital Pirovano. Cerca de dos mil personas, la mayoría de ellos de mediana edad, concurren cada semana a espacios de ref lexión para compartir sus problemas, guiados por un coordinador, que también es un vecino, formado por el equipo de profesionales del Programa de Salud Mental. Bajo títulos como “Volver a empezar”; “Convivir con la incertidumbre”; “Ordenando mi vida día a día”; “Qué hago con lo que me pasa?”, entre otros, los vecinos comparten experiencias y potencialidades, como una manera de volver a sacar la silla a la vereda, y establecer un sistema de contención recíproca. Los talleres del Hospital Pirovano fueron una “invención” del psicólogo Carlos Campelo, que ahora conduce el licenciado Miguel Espeche (ver columna “Una salida sustentable”). Llevan una actividad ininterrumpida de casi veinte años. Y representan también un termómetro de las contingencias sociales que fue viviendo la Argentina en estas últimas dos décadas, el “corralito financiero”, la incertidumbre laboral y económica, la inf lación, los cortes de luz, entre otros “promotores sociales” de la angustia y la ansiedad. “La gente está muy sola afectivamente, se vincula a veces con logros intangibles. Compartir con otros quita el miedo y es un disparador de resortes psicológicos que tienen las personas para afrontar los problemas que ofrece la vida diaria. Los talleres lo que hacen es tramitar esa ansiedad de manera más sustentable, con actividades absolutamente complementarias de tratamientos psicoterapeúticos o médicos que pudieran hacer falta en algunas personas. Se apunta al acompañamiento y no a la cura”, explica Espeche.


Una salida sustentable
Las condiciones actuales de vida tienden a aislar a los habitantes de su red afectiva y social, y propician un alto componente de ansiedad. El miedo es uno de los componentes básicos de la ansiedad. La visión del mundo como pura competencia, la soledad, la incertidumbre angustiosa ante las reglas que no se cumplen, el temor a perder lo que se tiene, entre otros, favorecen un estado que deriva en ansiedad muchas veces crónica. Se suma una mala relación con el tiempo, una suerte de endiosamiento del apuro como forma de vida, algo que se ha naturalizado. Tal como dice el filósofo Alejandro Rozitchner, “Ansiedad es ir más rápido que el mundo, y pasar de largo”. A la vez, son varias ya las generaciones que han sido enseñadas a no soportar frustraciones y pretender satisfacción inmediata. Las personas tienden a percibirse como seres que están “vacíos” y que deben ser “llenados” para evitar “la nada”. Mayormente el mercado ha propiciado esto, con la intención de favorecer el consumo irref lexivo. Ese consumo, hecho una suerte de filosofía de vida, deriva en otro tipo de consumos perniciosos, como el de, por ejemplo, la medicación no recetada, en particular aquella que disminuye ansiedades. Inclusive, la ansiedad a veces propicia que las personas se usen unas a otras como “productos”, tratándose como ansiolíticos y no como partícipes de un vínculo genuino no utilitario. Los sistemas de consumir (medicación, productos, personas) fracasa una y otra vez. Por eso, la ansiedad crece y pide mayores dosis de aquello que, se cree, la sacará del medio. De allí que, para encontrar una salida sustentable del problema de la angustia y la ansiedad, sean tan importantes los espacios sociales y familiares de intercambio humanizado, la humanización de las condiciones de trabajo, el reencuentro con los ritmos naturales, y la disolución del paradigma que dice que la vida “es una lucha” por otro que permita entender que, además de luchar, se pueda vivir, cultivar, amar y trabajar, viendo al mundo como hospitalario, y no sólo como un desierto amenazante.

http://clar.in/1f6sIUr