viernes, 25 de julio de 2014

Para qué sirve un ministro: a proposito de la ley de genéricos en Argentina


Para qué sirve un ministro
Reynaldo Sietecase, Redacción Z, 24 de julio de 2014


La calidad de un funcionario debería condicionar su futuro político. Al comparar las gestiones actuales y pasadas en las áreas de Salud y Transporte surge un evidente contraste. La ley de medicamentos genéricos y la renovación de la flota del Sarmiento, dos medidas para reivindicar.
Por Reynaldo Sietecase

La pregunta tiene una respuesta sencilla: un ministro debe mejo­rar la calidad de vida de los ciu­dadanos. El concepto es aplicable a cualquier funcionario, desde el titular de la Presidencia de la Nación hasta el último ordenanza de un pequeño municipio. Si no sirven a la gente no sirven para nada. En la honestidad y capacidad de los ministros se juega en gran medida la suerte de una gestión. Los ministros de Salud e Interior y Transporte permiten graficar esta idea.

Para no salir del clima futbolero que nos legó el Mundial de Brasil: la diferencia entre el ex ministro de Salud Ginés Gon­zález García (2002/2007) y el jefe de esa cartera desde 2009, Juan Luis Manzur, es la misma que separa a Lionel Messi del zaguero central de Sacachispas. 

El actual embajador argentino en Chile no sólo im­pulsó la norma que regula la prescripción de medicamentos por el nombre genérico de la droga cuando era ministro de Eduar­do Duhalde, también impulsó el Plan Re­mediar y se enfrentó con los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica por sus políticas de planificación familiar y sus pe­didos de no punir el aborto en determina­dos casos. Manzur, en cambio, se destaca por su invisibilidad.

“El ministro sólo hablará si se lo pide el papa Francisco.”

Ésa fue la respuesta que una de las encargadas de prensa de Manzur repitió esta semana ante los pe­riodistas que quisieron consultar al mi­nistro por la falta de aplicación de la Ley de Genéricos. Salvo los tucumanos –es vicegobernador en uso de licencia– son muy pocos los argentinos que conocen el nombre del titular de la cartera de Salud. El hombre se destaca por pasar inadver­tido. Algún optimista podría decir: calla pero hace. Algo fácilmente refutable.

La semana pasada el diario La Nación publicó un informe, elaborado por Fabia­na Czubaj, donde se reveló que sólo una de cada cinco recetas se hace con el nom­bre genérico de la droga. En buen roman­ce, una de las leyes más importantes de la gestión de salud no se cumple. La mayoría de los médicos –a instancias de los gran­des laboratorios– con la conformidad de los farmacéuticos (en especial de las cadenas), el okey de las obras sociales y la complici­dad de los organismos de control del Esta­do, recetan drogas con sus marcas y no por el nombre genérico.

La llamada Ley de Genéricos fue san­cionada con el número 25.649 el 28 de agosto de 2002. Pero el ministro de Salud que la im­pulsó, Ginés González García, fue ratificado en su cargo por el presidente Néstor Kirchner. En la peor crisis socioeconó­mica del país, la ley procura­ba regular los precios y per­mitirles a los pacientes decidir qué marca comprar según sus posibilidades económicas. La medida tenía un claro sentido progresista.

Según el informe, en 2003, de cada cien recetas 71 se ha­cían con el nombre genérico de la droga. Un año después se elevó el número a 89 de cada cien. Pero en 2014, una déca­da después, la cifra cayó a 20 o 25 recetas cada cien. Se­gún el Sindi­cato Argentino de Farmacéuticos y Bioquí­micos, la sustitución por nombre genérico ronda el nueve por ciento cuando en los países que desarrollaron legislaciones simi­lares llega al 45.

Los voceros del Ministerio de Salud su­girieron ante los periodistas que Manzur –un dirigente cercano a la Iglesia Católi­ca y bien visto por los laboratorios– sólo hablaría del tema si se producía un mila­gro. Lo que ocurre en Salud pasa en otras áreas. La mayoría de los miembros del ga­binete de Néstor Kirchner tenían un vo­lumen político que hace ver raquítico al elenco convocado por la presidenta Cris­tina Fernández en 2007.

Algo parecido, pero a la inversa, ocu­rre con la gestión de Florencio Randazzo en Transporte. Con el agravante de que sus antecesores no sólo tuvieron déficit de ges­tión, también enfrentan un juicio oral por la tragedia de Once y en el caso de Ricardo Jaime varias causas por corrupción.

Esta semana Randazzo presentó siete nuevas formaciones para el ramal Sarmien­to. Los coches nuevos son más confortables y, además, tienen diversas medidas de se­guridad para los pasajeros. Cierre de puer­tas y una estructura que evita el llamado “encaballamiento”. Si estos coches hubie­sen llegado antes, la tragedia de Once no se hubiese cobrado la vida de 51 personas.

Reivindicar las nuevas unidades y el plan para reconstruir los trenes de pasaje­ros a Rosario y Mar del Plata, así como la re­cuperación integral del ferrocarril de carga, debería conllevar una autocrítica profunda. Durante una década el gobierno continuó las políticas de los 90: subsidios a empre­sarios sin ningún control, falta de inversión, tarifas testimoniales y pésimos servicios. Aesto hay que sumar que durante seis años se mantuvo en el cargo de secretario de Transporte a Ricardo Jaime, quien enfrenta una docena de causas por corrupción.

Randazzo asegura que la Presidenta le pidió que asuma la responsabilidad de cam­biar la historia. “Tengo para mostrar todo lo que he hecho cuando he tenido responsabi­lidades públicas… con el documento, el pa­saporte, la creación de la Agencia Vial y los trenes…”, dice el ministro para sustentar sus aspiraciones presidenciales. No tiene un camino fácil. Las encues­tas siguen mostrando al gober­nador Daniel Scioli con una amplia ventaja en el espacio kirchnerista. Los dos apues­tan a mostrar ges­tión. Algo pare­cido intenta el principal contrin­cante peronista: Sergio Massa.

No está nada mal. La calidad de un funciona­rio debería con­dicionar su futu­ro político.


nota Original  http://bit.ly/WJX9hD