lunes, 6 de octubre de 2014

Felicidad química. Fármacos que regulan la vida



Deborah Maniowicz, Revista Veintitrés, 1 de octubre 2014


Para subir el ánimo, para bajarlo, para dormir, para despertarse y hasta para tener sexo hay una pastilla adecuada. Los riesgos de la automedicación aun en los suplementos dietarios. La opinión de los especialistas.


–¿Cuál es su sueño? –le preguntó un reportero en los ’80 a Henry Gadsden, ex director de la compañía farmacéutica alemana Merck.

–Producir medicamentos para personas sanas y así venderlos a todo el mundo.


Diego es el sueño de Gadsden hecho realidad. Cuando tenía ocho años, se destacaba en el colegio por ser el chico más travieso del grado: jamás prestaba atención, era ansioso y por momentos se tornaba agresivo. Preocupados, sus padres consultaron a un especialista que les recomendó darle Ritalin (metilfenidato, MFD) –el psicoestimulante indicado para tratar especialmente trastornos de aprendizaje por déficit de atención– y el chico aprendió que para portarse bien o que le vaya bien en la escuela tenía que tomar una pastilla todos los días. Como apenas la tomó unos meses y su cuerpo recibió bien la droga, Diego evitó los efectos secundarios: anorexia, reducción de altura, insomnio, tics, agresividad, depresión, taquicardia, náuseas y cambios en la presión sanguínea. Cuando cumplió 16 llevaba un año de novio y con su pareja decidieron tener sexo. Pero la erección falló y ante la burla de sus compañeros le robó a su papá una pastilla de Viagra (sildenafil) que encontró en el botiquín del baño. La experiencia fue tan buena que la pastilla del deseo se volvió una constante. A los 17 llegó el tan esperado viaje de egresados, pero como Diego les tiene fobia a los aviones, sus padres le dieron “un cuartito” de Rivotril (clonazepan) y el aéreo fue un trámite.


Hoy Diego tiene 37 años, administra una pyme, está casado y tiene tres hijos. Es considerada una persona “sana” y no toma medicamentos de forma periódica salvo su aspirinetas diaria, porque escuchó en la televisión la publicidad que dice: “Te levantaste, te afeitaste, te lavaste los dientes. Pero, ¿ya tomaste tu aspirinetas de hoy? Con una aspirinetas diaria podés prevenir 1 de cada 3 infartos ante factores de riesgo como tabaquismo, sedentarismo y obesidad”. Y Diego no quiere morirse de forma súbita.


Según cifras del Observatorio de la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA), en el mes de julio se vendieron 4.560 cajas más (1,5%) de remedios para la disfunción eréctil que el promedio mensual del último año; 47.840 unidades más (4,1%) de tranquilizantes; 55.063 unidades más (7,3%) de antidepresivos y 27.581 (6,2%) de antipsicóticos. A simple vista, estos porcentajes no parecen tan importantes, pero hay que tener en cuenta que se trata sólo de la variación de un mes del año, por lo que si la tendencia se mantiene podríamos hablar de incrementos en la venta de estos psicofármacos de entre un 18 y un 88 por ciento anual.


El promedio de vida cada vez es mayor pero, ¿cuál es el costo de sobrellevar la existencia? Los expertos dicen que la felicidad química llegó para quedarse. Existen pastillas para dormir, bajar la ansiedad, disminuir el estrés, perder peso y tener buen sexo. Con un puñado de píldoras uno puede convertirse en lo que siempre soñó: una bestia sexual, el rey de la fiesta o alguien con la confianza necesaria para asumir cualquier reto. Pero, ¿qué tan real e inofensiva es la felicidad química?


Es indiscutible que los psicofármacos significaron un gran avance científico y el peligro no reside en la droga en sí, sino en el uso indebido de estos medicamentos. La automedicación puede generar dependencia psicológica o, incluso, adicción. Si se sabe que con una pastilla se concilia el sueño rápidamente, quizá mañana a la media hora de dar vueltas se vuelva a acudir a la píldora.


Enrique Casal, director de Casa Médica Centrada en el Paciente, explica que “los psicofármacos que generan placer son adictivos, provocan la necesidad de volver a utilizarlos. Los médicos no tienen que comportarse como despachantes de recetas sino buscar lo mejor para cada paciente. Mucha gente va al médico o a la farmacia como va al shopping. Somos la piedra inicial de pacientes adictivos”.


Según Marcelo Cetkovich Bakmas, jefe del Departamento de Psiquiatría de Ineco y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, “el abuso de antibióticos produce resistencia terapéutica complicando severamente el tratamiento de los cuadros infecciosos. En el caso de los psicofármacos, los riesgos de la automedicación tienen que ver con la posibilidad de desarrollar una conducta adictiva, la cual se da sobre todo con los ansiolíticos. Estos medicamentos experimentan una gran tendencia al uso no supervisado, justamente por su gran eficacia para controlar los síntomas de la ansiedad. No es bueno medicalizar los avatares de la vida, pero no hay duda de que este grupo de medicamentos producen alivio sintomático a una enorme cantidad de personas que padecen trastornos. El uso abusivo y sin control puede producir trastornos cognitivos, siendo este el principal riesgo. Sabemos que en nuestro país el uso de psicofármacos, sobre todo benzodiazepinas ansiolíticas, es muy alto”.

Todos los psicofármacos –antidepresivos, ansiolíticos, antipsicóticos y estabilizadores del estado de ánimo– actúan sobre manifestaciones cognitivas, emocionales y conductuales. Respecto de por qué el cerebro busca ayuda, el neurólogo Alfredo Thomson, de la Fundación Favaloro, explica que “el cerebro es un órgano complejo con múltiples circuitos neuronales (celulares), entre ellos el de la ‘recompensa’, que está implicado entre otra cosas, en las adicciones. Hasta el día de hoy no conocemos integralmente el funcionamiento de nuestro cerebro. Esto es diferente a que una persona vaya a un profesional a pedir ayuda. Es el profesional quien debe decidir, de acuerdo a su conocimiento y experiencia, si la persona requiere tratamiento farmacológico, psicoterapéutico o ambos. Los psicofármacos han sido desarrollados en estudios controlados, aleatorizados y sometidos a su aprobación por las autoridades regulatorias de Estados Unidos, Europa y Japón. Y ANMAT adscribe a la aprobación de estas agencias”.


Según explica Cetkovich Bakmas, “el cerebro tiene un director de orquesta que es el lóbulo frontal, cuya principal función es permitirnos tomar decisiones en un contexto cambiante. Esto implica la activación de circuitos de alarma que, en una verdadera catarata de eventos, terminan activando los dispositivos del estrés, el síndrome general de adaptación. El cerebro busca ayuda para procesar aquellas situaciones que lo superan en su capacidad de asimilar agresiones y frustraciones”.


La automedicación no sólo hace referencia a los medicamentos bajo receta. El Magnus G –conocido popularmente como viagra femenino– es un suplemento dietario de venta libre y sin embargo no debería tomarlo cualquier mujer. Lo mismo ocurre con el Viagra (sildenafil) cuya venta está indicada bajo receta pero en la práctica cualquiera puede acceder a la píldora sin consentimiento médico.

Verónica Barrera, especialista en recuperación de piso pelviano relacionado con los temas del deseo y sexualidad, dice: “Magnus G ayuda en la vida moderna, donde la mujer tiene que ocuparse del trabajo y la casa y muchas veces no tiene energía para potenciar su deseo sexual. Si bien es de venta libre, eso no significa que haya que comprarlo compulsivamente sin consultar a un especialista. Tiene ginseng, ginkgo, vitamina C, vitamina E, arándanos y L-Arginina. Un hipertenso que no está medicado no debería tomar ginseng ni ginkgo, porque aumentaría su tensión arterial. Nadie debiera tomar remedios sin consultar a un médico. Nada es inocuo, ni siquiera el té de yuyos. Que un suplemento dietario sea de venta libre no quiere decir que carezca de efectos adversos”.


Los problemas sexuales muchas veces se resuelven con terapia –individual o de pareja–, pero involucrarse en un tratamiento psicológico requiere tiempo, los resultados nunca son inmediatos y no todos quieren esperar a que la solución decante. Respecto del viagra, Barrera dice que “hay muchas patologías incompatibles con el sildenafil y si un médico no lo receta la persona puede pasar un mal momento. Además, genera dependencia física. El órgano sexual está directamente relacionado con el cerebro. La gente vive estresada, quizá por eso se observa cada vez más que los jóvenes recurren al Viagra. En el hospital lo piden los residentes, es una locura”. Las cifras hablan por sí solas: en agosto de 2001 se vendieron 50 mil comprimidos de Magnus, el sildenafil que comercializa el laboratorio Sidus, y sólo en agosto de 2014 las ventas alcanzaron el millón de unidades, un aumento del 1.900 por ciento.


En las últimas semanas los programas de chimentos hablaron de otro suplemento sexual: un parche que se hizo colocar la capocómica Carmen Barbieri y que, teóricamente, enciende el deseo. Ella lo llama el “chip de las ganas” y afirma que renovó su pareja: “Te ponen en la cadera algo del tamaño de un grano de arroz que larga testosterona. Eso te ayuda a adelgazar, a que crezca el pelo, a que te cambie el humor, te lubrica la piel y te aumenta el deseo”. La terapia hormonal para subir la libido todavía no llegó al país pero los especialistas dicen que es cuestión de tiempo.


Dentro de los suplementos dietarios los adelgazantes son los más populares. La idea de que las píldoras para bajar de peso son inofensivas y milagrosas se instaló en la sociedad apadrinada por publicidades en televisión y radio. Mónica Katz, médica especialista en nutrición, dice: “La gente busca la magia, la rapidez y la promesa de éxito. Sin embargo estamos frente a una situación inédita: para una patología crónica epidémica como es la obesidad, contamos en el país sólo con un fármaco aprobado para uso crónico. Esto implica una paradoja brutal”.


El medicamento al que hace referencia Katz es el Orlistat, que inhibe la absorción del 30 por ciento de la grasa ingerida. El uso de este remedio para perder peso “es recomendable sólo cuando el paciente tiene un índice de masa corporal mayor a 30”. El resto de complementos dietarios “sólo se pueden utilizar por doce semanas y el punto es qué hacemos luego si la obesidad no se resuelve en tres meses. Existe consenso mundial de que los complementos dietarios sólo deben usarse en el marco de cambios en el estilo de vida: alimentación, actividad física y manejo de emociones. Los fármacos deben ser manejados por especialistas pues pueden generar efectos adversos sobre todo cardiovasculares y emocionales. En manos expertas pueden ser muy útiles”. Katz concluye diciendo que “dado que no existe un fármaco ideal para tratar la obesidad que sea seguro, eficaz y se pueda utilizar a largo plazo, lo esencial son los cambios en el estilo de vida”.


Como dice la nutricionista, mucho más efectivo e inocuo que automedicarse con psicofármacos es cambiar de hábitos. La venta de remedios para personas sanas es una realidad y es la industria farmacéutica, junto a los avatares diarios, la que nos convierte en pacientes. 





Números de consumo y venta



200  aspirinetas anuales consumen los mayores de 30 años según un relevamiento del Observatorio de la Confederación Farmacéutica Argentina.



55063  cajas más de antidepresivos se vendieron en julio de 2014 respecto del promedio mensual del último año.



1900  por ciento aumentó la venta de Magnus –un estimulante sexual– en los últimos trece años.



62  por ciento aumentó la venta de psicoestimulantes entre 2004 y 2010.





Qué y para qué


Antiepilépticos (clonazepam, carbamazepina): tradicionalmente se usan para prevenir o interrumpir las convulsiones o ataques epilépticos pero también para atacar los trastornos bipolares, dado que actúan como estimuladores del humor.

Antipsicóticos (haloperidol, bromperidol): se usan para combatir la psicosis, ya que entre otras cosas colaboran en la desaparición de alucinaciones. Los antipsicóticos bloquean los receptores de la dopamina en el cerebro.


Hipnóticos, sedantes y tranquilizantes (flunitrazepam, midazolam, lorazepam, bromazepam, diazepam): deprimen el sistema nervioso y se utilizan frecuentemente para combatir la ansiedad, evitar la depresión, para relajarse o dormir. Generan dependencia y su abuso puede causar la muerte.

Antidepresivos y equilibrantes (amitriptilina, citalopram, fluoxetina, sertralina): se indican para tratar los trastornos depresivos más graves, aunque en dosis muy pequeñas también se recetan para tratar el insomnio y el dolor neuropático. Algunos efectos adversos son: sueño, dolor de estómago, de cabeza, debilidad corporal e hiperactividad.


Psicoestimulantes (metilfenidato, modafinilo): aumentan los niveles de actividad motriz y cognitiva; refuerzan el estado de alerta y la atención.