viernes, 7 de mayo de 2010

Un fracaso llamado pandemia

Mónica Lalanda
El Mundo Salud (España) 5 de mayo de 2010.-
http://www.elmundo.es/elmundosalud/blogs/profesionsanitaria.html

La pandemia fue un fracaso y no porque no mató (que efectivamente no mató) sino porque los médicos lo seguimos por el periódico y la tele. Es una tremenda paradoja que una enfermedad que supuestamente iba a diezmar la población haya tenido infinitamente más interés político, económico, social y mediático que clínico.
Tras las primeras semanas de consultas llenas causadas por la hipocondría y el pánico, cuando la gente se asustaba ante un estornudo o la visión lejana de un sombrero mexicano, el resto del tiempo la televisiva H1N1 nos pasó a los médicos desapercibida. Menos de 18.000 muertes en el mundo frente al medio millón que provoca cada año la gripe no mediática, menos sexy y sin apellido. En fin, una pandemia con tremendo tufillo a tomadura de pelo.
Con motivo de su cumple-año, la Organización Medica Colegial (OMC) organizó el día 28 una jornada en Madrid para hacer un balance constructivo de una pandemia anunciada.
Allí todos tuvimos cabida, clínicos, salubristas, periodistas y políticos. La OMC que, por cierto, fue de las pocas organizaciones médicas a nivel mundial que supo llamar a la calma desde un principio, volvió a dar una lección de coherencia. Durante la jornada se promovió la reflexión en libertad desde cuatro puntos de vista, lo puramente científico, lo ético, y lo político-económico; sin duda los cuatro pilares de la medicina de siglo XXI. No puede ser de otra manera.
Es útil rebobinar 12 meses y ver la cantidad de cosas que siguen sin cuadrar pero que a nadie parece ya importarle. Pero, a manera de resumen y desde mi punto de vista, esto es lo que pasó: La Organización Mundial de la Salud (OMS), basada en datos algo oscuros, advierte de una hecatombe, los gobiernos del mundo la siguen a ojos cerrados a cal y canto; los medios de comunicación, liderados (o manipulados, según se mire) por las grandes agencias promueven el pánico. Nadie investiga, nadie contrasta, nadie plantea dudas, nadie busca evidencia.
Comienza un bombardeo de titulares e imágenes de mascarillas y de muertos en blanco y negro que llevan enterrados casi 100 años. Se nos intoxica con información, se nos aterra y amenaza, se cancelan viajes, se alteran rutinas, se prohíben los besos, se cierran colegios y centros de ocio, el mundo rico se paraliza. El miedo toma las riendas, mientras el Tercer Mundo, haciendo caso omiso a las noticias, insiste en seguir muriendo de enfermedades vulgares como la malaria, la desnutrición o la fiebre amarilla.
Llegan julio y agosto, ya hay datos sobre la evolución de la enfermedad en el hemisferio sur que -aun sin vacunar- confirman que el virus es muy contagioso pero de una letalidad mínima. Gobiernos, periodistas y la OMS no se bajan del carro y continúan en la montaña rusa de posibles casos y estornudos, posibles aunque no probables mutaciones y anécdotas de resistencias.
Se empieza a oír la voz de médicos llamando a la calma y al sentido común y analizando datos de manera científica. La gente de la calle ya no está atenazada por el miedo y empieza por fin a ver la pandemia con sus propios ojos y no por los objetivos de las cámaras. Se instaura la incredulidad.
Llega en octubre la vacuna, en aquel momento se nos dijo que habían comprado 37 millones, ahora nos dicen que sólo 13. Sólo una de las dos veces nos han dicho la verdad. Seis semanas después y sólo tres millones de vacunas usadas se da por fracasada la campaña. Alguien no calculó que la gente utiliza su propio instinto, y que al fin y al cabo, los que siguen tomando las decisiones en las consultas son los médicos, no las organizaciones ni los políticos. Los pacientes se fían de sus médicos.
En noviembre comienza la caza de brujas, la sospecha de corrupción en la OMS se extiende salpicando a todos los ministerios de sanidad del mundo por haberles creído. Vivimos a la espera de investigaciones que todos ya sabemos harán lo posible por mirar pero no por ver.
Dejando atrás el gasto, el despilfarro y la tomadura de pelo, hay mucho más que analizar: como las víctimas invisibles de la pandemia, la pérdida de credibilidad de instituciones imprescindibles como la OMS y la falta absoluta de una orientación científica a un problema eminentemente clínico. La violación de los principios más básicos en Medicina, como el 'primum non nocere', con el uso de una vacuna que se había saltado los sistemas de seguridad que se aplican siempre a medicamentos nuevos. El uso de un antiviral como el Tamiflú cuya única evidencia de eficacia estaba basada en estudios pagados por la compañía que lo fabrica.
Y el día de la jornada de reflexión, nuestros políticos hicieron un despliegue magnífico de autocomplacencia, se felicitaron por lo increíblemente bien que se hizo todo; faltó la autocrítica, la capacidad de decir: 'miren ustedes, nos han metido un gol y lo sentimos'. Nos hablaron de colaboración y unidad de criterio entre autonomías; sin embargo, la evidencia validada y publicada en revistas médicas de prestigio demuestra que en España hubo 16 definiciones distintas de caso clínico de gripe.
Verdaderamente de chiste. Es cierto que vimos muchas fotos de ministra y consejeros sonrientes y juntos, pero una vez más se demuestra la absurdez de tener (y pagar) 17 sistemas sanitarios distintos.
Como no se me puede acusar de aprovecharme del 'retrospectoscopio' me permito el lujo de hacer una valoración final de actuaciones durante la pandemia y otorgar a la población general un sobresaliente por recobrar la cordura antes que sus gobernantes. Igual de sobresaliente merecen los sanitarios por asumir en silencio el trabajo ficticio creado por el pánico y por llamar a la calma. Insuficiente para el Ministerio de Sanidad y las Conserjerías por no haber aplicado criterios médicos ni científicos y por promover el pánico y el despilfarro en aras de lo políticamente correcto.
Un muy deficiente a la OMS por practicar 'medicina de la Videncia' y por posible corrupción y un muy deficiente también a los medios de comunicación por no haber sabido hacer su trabajo de contrastar, investigar y juzgar los datos antes de convertirlos en una información que, pasadas las primeras semanas de incertidumbre, no eran ya noticia.
Quedamos a la espera del próximo susto. Al fin y al cabo, el miedo no es más que una forma de controlar la sociedad.
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Mónica Lalanda lleva más de un año en España tras pasar los últimos 16 años en Inglaterra, la mayoría como médico de urgencias en Leeds (West Yorkshire). En la actualidad trabaja en la unidad de Urgencias del Hospital General de Segovia, participa en varias publicaciones inglesas y también ilustra libros y revistas con viñetas médicas