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lunes, 25 de marzo de 2019

Valor terapéutico y precio de los nuevos fármacos comercializados en Argentina: ¿valen lo que cuestan?


Salud Colectiva 10 de Marzo de 2019


Una evaluación del valor terapéutico agregado por los nuevos medicamentos muestra que, aunque salen al mercado con precios muy elevados, solo una cuarta parte de ellos aporta ventajas reales para los pacientes.Salud Colectiva, 10 de marzo de 2019





Resumen


En Argentina, los nuevos medicamentos pueden ser autorizados presentando el certificado de aprobación en al menos uno de los 15 países considerados de alta vigilancia sanitaria, sin necesidad de realizar una evaluación propia de eficacia, seguridad o valor terapéutico agregado por el nuevo producto.

En este artículo, evaluamos los nuevos medicamentos comercializados en Argentina en el año 2016, utilizando diferentes enfoques: su aprobación por otras agencias reguladoras, demostración de eficacia en ensayos clínicos aleatorizados, tipo de desenlaces estudiados, calificación del valor terapéutico agregado por medio de dos escalas reconocidas y el precio de venta al público.

Este estudio encontró que, en el año 2016, se incorporaron al mercado argentino 45 nuevas especialidades medicinales (NEM), la mayoría aprobadas previamente por la FDA y la EMA. El 13% de ellas no tenían ensayos clínicos aleatorizados que demostraran eficacia y un 24% habían demostrado eficacia solo para variables subrogadas no validadas.

En cuanto a su valor terapéutico, un 72% de las NEM no representaban avances según la evaluación de la revista Prescrire y un 78% no agregaban valor terapéutico según la clasificación de Ahlqvist-Rastad et al. En los dos casos de NEM evaluados solo por la agencia nacional, los criterios de aprobación utilizados no fueron robustos. Por otra pafármacos comercializados enrte, el precio de los nuevos productos fue sustancial, con una mediana de $5.849 dólares mensuales para los fármacos de uso crónico. En definitiva, solo uno de cada cuatro NEM representa un avance terapéutico y casi todas salen a la venta con precios prácticamente inaccesibles.

Se concluye que, como reflejo de lo que ocurre en los países desarrollados, los nuevos medicamentos ingresan con precios exorbitantes, pero la mayoría no representa un avance terapéutico significativo. El resultado es un aumento de riesgos para los pacientes que se exponen a fármacos sin eficacia clínica comprobada y una sobrecarga para los sistemas de financiación públicos y privados.

Para mejorar estos resultados se debería incorporar una evaluación del valor terapéutico y del precio del fármaco como requisito para autorizar el registro en el país de nuevos medicamentos o, como mínimo, realizar esta evaluación como paso previo a su aceptación para la cobertura por la seguridad social.


El artículo completo en:

Cañás M, Buschiazzo HO, Urtasun MA. Valor terapéutico y precio de los nuevos fármacos comercializados en Argentina: ¿valen lo que cuestan? 1. 10 de marzo de 2019;15:e1962-e1962.


Disponible en: http://bit.ly/2HRXGZs

sábado, 16 de julio de 2016

Cuestionan el sistema de patentes para la fijación de precios de los medicamentos

es Fernando Lamata, miembro del Panel de Expertos de la Comisión Europea,

José Manuel Lozano,Acta Sanitaria, 15  de julio de 2016

fernando_lamata

Con motivo de su participación este jueves en Bruselas en el seminario ‘Opciones de la Unión Europea (UE) para mejorar el acceso a los medicamentos‘, encuentro organizado por el Parlamento Europeo, Acta Sanitaria ha conversado con Fernando Lamata, miembro del Panel de Expertos de la Comisión Europea, quien asegura que “los actuales sistemas de fijación de precios basados en patentes fuerzan a negociar unos precios muy altos” en medicamentos. Ante esta coyuntura, el exconsejero de Sanidad de la Junta de Castilla-La Mancha propone varias soluciones, como que el precio de los fármacos no exceda del coste de la fabricación y de su investigación. De cualquier forma, reconoce que las probabilidades de que sus aportaciones sean estimadas son “bajas”.

Fernando Lamata
Fernando Lamata
Acta Sanitaria (AS).- ¿Debe modificarse el sistema de patentes de medicamentos y su fijación de precios en Europa?

Fernando Lamata (FL).- Bueno, en la presentación que hice yo, que se refería a los sistemas de fijación de precios y el acceso, lo que mostraba es cómo los actuales sistemas de fijación de precios basados en la patente fuerzan a negociar unos precios muy altos, muy por encima del coste de fabricación y del coste de investigación de los medicamentos y, en ese sentido, hay sobreprecios que pueden llegar a 1.000, 2.000, 5.000 y 6.000 por ciento por encima del coste de fabricación, incluyendo la I+D. En ese sentido, esos precios resultan inasequibles, precios de 50.000, 80.000 y 100.000 euros por tratamiento, hacen que sea muy difícil para un paciente el poder pagarlo personalmente, y es muy difícil también hacerlo para todos los pacientes que lo necesitan en un sistema de salud de financiación pública. Esto hace que se demore el acceso a los tratamientos o que, en algún caso, ni siquiera se puedan empezar, porque hay países europeos que no se lo pueden permitir por su renta más baja.
Hay países que tienen rentas más altas y pueden gastar para algunos de los pacientes que lo necesiten, pero hay algunos países, sobre todo países del este de Europa, como Bulgaria, Rumanía, Polonia y Hungría, que ni siquiera pueden plantearse incorporar algunos de estos tratamientos a la lista de medicamentos de financiación publica.
AS.- ¿Qué soluciones propone?
FL.- En este sentido, planteaba también algunas soluciones. En mi presentación, hacía ver cómo la patente se diseñó por los países para que las empresas pudieran recuperar los costes de investigación, pero no para otra cosa y, por lo tanto, es importante que conozcamos, que sean públicos los costes de fabricación de medicamentos y los costes que se han invertido en la investigación y desarrollo, eso es lo que debería recuperarse por la vía de la patente, nada más. Y, si se quisiera ganar más, entonces tendría que renunciarse a la patente para que hubiera libre competencia, libre competencia, en un mercado de competencia eficiente, hace bajar los precios cercanos al coste. Si hay protección de patente, que es un punto clave en este argumento, solamente debe recuperarse el coste, que es lo para que se creó, el coste de fabricación, más el coste en I+D, y el precio tendría que estar ajustado en esos términos. Medicamentos que ahora se están pagando en España a 15.000, 20.000 y 25.000 euros por tratamiento, deberían estar pagándose a 300 euros por tratamiento, y esto es lo que hace que el sistema salud europeo tenga una tensión fuerte, no se pueda acceder a los medicamentos para muchos pacientes, y que los sistemas estén pasando por dificultades y poniendo en riesgo la estabilidad.
AS.- ¿Entonces qué?
FL.- Por eso decía: calcular los precios en función de los costes. Y, en segundo lugar, si esto no se pudiera, los Gobiernos deberían hacer uso de las licencias obligatorias, es decir, permitir fabricar a otras empresas a precio de genérico. Y, finalmente, la solución a medio o largo plazo, la solución más completa, es que la financiación de la investigación de los medicamentos se realice directamente a través de fondos de financiación publica controlados por investigadores independientes y que el coste del medicamento sea sólo el de fabricación. Por lo tanto, serían medicamentos accesibles a precios de genérico.
De no poderse calcular los precios en función de los costes, los Gobiernos deberían hacer uso de las licencias obligatorias
AS.- ¿Están abusando las compañías farmacéuticas a través de las patentes?
FL.- Esa es la evidencia que nos dicen los datos, que un sistema de patentes es para recuperar la investigación. Por ejemplo, el caso del Senado de los Estados Unidos, en un informe muy importante demuestra que el coste de la investigación de sofosbuvir, según los datos acreditados por la empresa, había sido de alrededor de 950 millones de dólares. Bien, el coste de esa investigación se habría recuperado en el primer mes de ventas de ese medicamento, pues fueron unas ventas de más de 1.000 millones de dólares. Por supuesto, se habría superado en el primer año, con cerca de 10.000 millones; en el segundo año, otros 15.000, ya se vio una recuperación de 25.000 millones de dólares. Es evidente que la investigación ya se recuperó. Estamos hablando de una patente a 20 años, la patente ya debería ser retirada o, en caso contrario, hacer una licencia obligatoria, hacer que se pudiera fabricar el medicamento a precio de genérico. Esta iniciativa de fabricar un medicamento a precio de genérico ya está también sobre la mesa por un instituto de investigación sin ánimo de lucro. Este instituto ha iniciado un proceso de fabricación de un medicamento de acción directa contra el virus de la hepatitis C con un precio por debajo de los 300 euros el tratamiento, de manera que no estamos hablando de una utopía, estamos hablando de realidades.
“No se fijan los precios en relación con los costes, sino que se fijan por lo que llaman las empresas el precio por valor”
AS.- ¿Entonces, qué?
Hay, por un lado, digamos, una situación de precios que exceden por mucho la recuperación de los costes; no se fijan los precios en relación con los costes, sino que se fijan por lo que llaman las empresas el precio por valor, lo máximo que pueden conseguir que pague un paciente o un mercado, un sistema de salud; lo que puede aguantar el mercado. Entonces, ese máximo precio es el sistema de funcionamiento de patentes, cuando uno pide lo máximo posible pero, luego, la competencia hace que bajen el precio hasta cerca del coste. Este es el problema que planteó el Consejo de Ministros de la Unión Europea el pasado 17 de junio, dedicado a este asunto, el desequilibrio en el sistema de los medicamentos. Exige una respuesta, no es fácil, esta propuesta que yo hago no es una propuesta que sea compartida mayoritariamente por distintos agentes. Se mueren diariamente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1.000 personas por no poder acceder al tratamiento de la hepatitis C, otras tantas por no poder acceder a los tratamientos del cáncer. Son propuestas a título personal.
AS.- ¿Qué posibilidades hay de que se tomen en consideración sus aportaciones?
FL.- Bajas, bajas. Hay una probabilidad no nula, pero son bajas. Bajas probabilidades porque hay un discurso dominante, desde hace años, y potente en el sentido contrario. No olvidemos que los países de la Unión Europea líderes en la Farmaindustria europea dedican 40.000 millones de euros anuales a marketing. Es mucho dinero.
lamata 
AS.- ¿La situación que se produjo en relación con la hepatitis C y los fármacos de última generación tuvo algo de positivo? Es decir, ¿sirvió para hacer aún más notorio el problema del alto precio de los medicamentos nuevos?
FL.-  Sí, sin duda. Es bueno, primero, porque hay un medicamento, o ya un grupo de medicamentos, que tienen eficacia y están teniendo muy buenos resultados, eso es muy importante para muchos pacientes. Se han tratado ya más de 600.000 pacientes en el mundo, pero son 180 millones, según la OMS, los que están sin tratar. Es bueno que ya se haya tratado a ese 0,5 por ciento de pacientes. En segundo lugar, es bueno también que haya hecho reflexionar a los llamados países desarrollados. La escalada de precios de los últimos 10 años en medicamentos para el cáncer, para la esclerosis múltiple y para la hepatitis es detacable, es que no se puede comprar tampoco en los países desarrollados. El medicamento para la hepatitis C fue de repente una solución posible para, en el caso de España, según las estimaciones, 700.000 pacientes, y en el caso de Europa, entre siete y ocho millones de pacientes. Entonces, en países desarrollados, como Francia, Alemania, Inglaterra, España, Italia y Portugal, han visto que no podían dar solución a ese problema. Este ha sido el choque, el mismo que tuvieron países no desarrollados antes. Este problema, que ya afectaba a países pobres, por primera vez, de forma global, de forma masiva, ha afectado a países desarrollados. Esto ha sido una llamada de atención. Creo que, efectivamente, marca un antes y un después en el debate sobre precios de medicamentos en Europa y, en este caso, todavía queda mucho por analizar y discutir. Hay que discutir, yo lo que pido es una lista de los precios de fabricación de los 50 medicamentos más caros en España, y el Ministerio debería de tenerlos. Y, a partir de ahí, discutimos el precio de venta, sobre esa base.
AS.- ¿Puede agravarse la situación si se aprueba el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP)?
FL.- El TTIP tiene para la industria farmacéutica un enorme valor, lo dicen en sus declaraciones. La asociación de Farmaindustria de Estados Unidos dice que el TTIP puede ayudar a sostener el modelo de patentes, es clave para las organizaciones el que se refuerce ese modelo de patentes y el Tratado lo reforzaría. Precisamente lo que interesa a los ciudadanos y a los pacientes es rebajar esas barreras de acceso y hacer que los precios sean asequibles y sostenibles. Por lo tanto, el TTIP, si consolida el modelo de patentes de medicamentos, estaría retrasando las posibles soluciones, alejándolas, porque sería otra barrera a superar. Barreras importantes, no menores, que consolidarían este modelo injusto de fijación de precios que está haciendo que en España haya muchas personas con hepatitis que, en este momento, no pueden tener su tratamiento. El caso de la hepatitis es imparable, pero estamos hablando de otros muchos grupos de pacientes. El otro gran grupo, el que más gasto está originando, con precios exagerados, es el del cáncer.
original en http://www.actasanitaria.com/fernando-lamata/

miércoles, 8 de abril de 2015

Los precios de los fármacos oncológicos no reflejan su innovación, ni el beneficio, sino lo que el mercado puede afrontar


Cinco años de aprobaciones de medicamentos oncológicos: Innovación, eficacia y costo
JAMA Oncol. 2 de abril de 2015

El precio de los medicamentos contra el cáncer ha aumentado, generando críticas de los principales academicos.1,2 El costo anual de un nuevo medicamento para el cáncer ahora excee rutinariamente los $ 100.000 dólares, y los gastos médicos se han convertido en la más grande causa única de bancarrota personal.2 Aunque algunos sostienen que se requiere un alto costo de los medicamentos para apoyar los esfuerzos de investigación y desarrollo,3 persite el hecho de que cuando los costos y los ingresos están en equilibrio, la industria farmacéutica genera margenes de alta rentabilidad. 4

Estos altos beneficios podrían justificarse si los productos nuevos ofrecieran beneficios significativos para los pacientes (produciendo así un valor económico indirecto a través de la restauración de la salud de los pacientes ) o si representaran avances farmacológicos significativos sobre sus predecesores, ofreciendo nuevos mecanismos de acción e investigación de alto riesgo. Hemos investigado de que forma la novedad de los medicamentos , o de sus beneficios relativos, afectan los precios de los medicamentos.


En definitiva aprecian  que los precios de los fármacos oncológicos no reflejan su innovación, ni el beneficio, sino lo que el mercado puede afrontar

pero vale la pena ver el trabajo completo

Mailankody S, Prasad V. Five Years of Cancer Drug Approvals: Innovation, Efficacy, and Costs. JAMA Oncol. Published online April 02, 2015. doi:10.1001/jamaoncol.2015.0373.
Disponible en

sábado, 23 de febrero de 2013

Fármacos a precio de oro, solo si funcionan. El dilema ético sobre qué fármacos está justificado costear


Fármacos a precio de oro, solo si funcionan
 El dilema ético sobre qué fármacos está justificado costear se agrava con los recortes

 Milagros Pérez Oliva, El País,  22-2- 2013

¿Cuánto vale un mes de vida de una persona? ¿Y seis meses? ¿Se le puede poner precio a la supervivencia de un enfermo? A cualquiera que se le pregunte dirá que no. Y sin embargo, este es un dilema que se plantean numerosos hospitales y todos los reguladores sanitarios del mundo desarrollado ante la llegada de nuevos medicamentos de precio tan elevado que pone a prueba la capacidad de respuesta del sistema sanitario. Entre las novedades, las hay muy caras pero muy efectivas y, en ese caso, no hay ninguna duda: el medicamento se aprueba y el único problema es buscar la forma de pagar la factura. Pero hay muchos otros fármacos, también extraordinariamente caros, que prolongan apenas algunas semanas o meses la vida, y en ocasiones, también el sufrimiento. En una situación de fuerte restricción presupuestara, ¿es lícito limitar la incorporación de novedades terapéuticas? ¿En qué casos sería ético hacerlo?

 La polémica ha surgido en España a raíz de unas declaraciones de Agustín Rivero, director general de Farmacia, quien en un acto público indicó que en adelante “se introducirán todos los medicamentos contra el cáncer que sean necesarios, siempre que su coste-eficacia sea adecuado”. Es decir, siempre que los beneficios compensen su elevadísimo coste. Hasta ahora, todas las innovaciones se incorporaban de forma prácticamente automática, pero desde hace un tiempo, los nuevos fármacos llegan a un precio tan desorbitado que han puesto en crisis los mecanismos de decisión. Y este es solo el principio.

 El paso de la farmacología sintética a la biológica va a suponer un giro copernicano en la forma de tratar el cáncer. Conforme se conocen los mecanismos implicados en el proceso tumoral, se multiplican las dianas terapéuticas. Para los próximos años se espera una avalancha de nuevos antitumorales, lo cual es una muy buena noticia para los pacientes, pero también un desafío descomunal para el sistema sanitario. Según la base de datos oficial del Gobierno estadounidense, en febrero pasado había registrados 139.847 ensayos clínicos de medicamentos en todo el mundo, de los cuales 37.370 eran de fármacos contra el cáncer. Solo en cáncer de mama hay 5.136 ensayos en curso, 542 más que el mes de septiembre pasado, lo que da idea de la progresión.

No todos, por supuesto, llegarán a buen puerto, pero muchos de ellos sí y algunos plantearán el difícil dilema de si el beneficio que aportan compensa su elevado coste. Dilema de difícil solución si tomamos como ejemplo uno de los últimos medicamentos sometidos a aprobación, el anticuerpo monoclonal ipilimubab. Cuando en marzo de 2011 fue aprobado por la Food and Drug Administration de EE UU, el laboratorio Bristol-Myers Squibb lo presentó como “uno de los mejores avances en el tratamiento del melanoma en 30 años”. Este tipo de cáncer de piel tiene buen pronóstico si se diagnostica en fases iniciales y puede ser tratado con cirugía, pero una vez ha hecho metástasis, responde mal a la quimioterapia. En estos casos, la supervivencia a los cinco años no supera el 10%. En realidad, el nuevo fármaco no es tan revolucionario, pero es el único que aporta algo de mejora: un incremento de la supervivencia de seis meses de media.

 El fármaco acaba de ser aprobado, pero condicionado a un protocolo clínico que aún se está elaborando. El coste alcanza unos 80.000 euros por paciente y año, y cada año hay unos 3.600 nuevos casos susceptibles de ser tratados. El precio, sin embargo, no es su único inconveniente: puede tener efectos adversos tan graves que ha de ser administrado en un hospital de alta tecnología.

 Aunque la mejora es modesta, en este caso se ha tenido en cuenta que no hay otra alternativa, algo muy frecuente en oncología. En 2007 se aprobó el eculizumab, indicado en un tipo de hemoglobinuria que provoca la progresiva y muchas veces fatal destrucción de los glóbulos rojos de la sangre. A diferencia del anterior, este fármaco sí puede cambiar el curso de la enfermedad, pero cuesta unos 300.000 euros por paciente y año, de modo que apenas dos o tres enfermos pueden alterar el presupuesto de farmacia de cualquier hospital. Los gestores les temen hasta el punto de que en la jerga gerencial se ha acuñado una nueva categoría de enfermo, la de “paciente catastrófico”, no porque suponga ningún riesgo, sino porque su tratamiento puede echar por tierra cualquier previsión de gasto.

“La incorporación de los nuevos tratamientos plantea situaciones muy difíciles que no deberían recaer ni sobre el médico ni sobre el gestor hospitalario. Un organismo superior debería evaluar cada fármaco y decidir en qué casos está justificado y cómo ha de administrarse”, afirma Xavier Carné, Jefe de Farmacología del Hospital Clínico de Barcelona. En Cataluña se ha creado recientemente una comisión de medicamentos de uso hospitalario que ha supuesto un alivio para los gestores, pues fija los criterios de referencia.

 Es muy duro para un clínico tomar decisiones de esta naturaleza, pero cada vez son más conscientes de que el coste ha de ser tenido en cuenta. Hace unos días, uno de los equipos médicos del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York decidió no usar un nuevo medicamento (ziv-afilbercept) aprobado en agosto para el cáncer de colon avanzado porque la relación entre el coste y el beneficio no lo justificaba. El tratamiento apenas había logrado prolongar la vida de los pacientes una media de mes y medio, lo que representa 40.000 dólares por seis semanas más de vida y sufrimiento. Sanofi reaccionó rebajando el precio al 50%, lo cual no sirvió más que para afianzar la decisión clínica.

 En estos momentos, si un fármaco es aprobado por la Agencia Europea del Medicamento, la española lo aprueba también, pero para poderlo prescribir ha de ser antes evaluado por una comisión interministerial de precios, que actúa como un semáforo. Algunos medicamentos han tardado hasta dos años en estar disponibles. De hecho, durante casi un año, no se incorporó al orden del día ningún medicamento de alto precio. En los últimos meses se han aprobado algunos pero hay todavía varias novedades pendientes. La industria está nerviosa y tanto los médicos como los pacientes presionan para que se agilice el proceso.

 “En el forcejeo actual por el precio, la aprobación se retrasa y el que sale perdiendo es el enfermo”, afirma Albert Jovell, presidente del Foro Español de Pacientes. “El Gobierno y la industria han de pactar un sistema ágil y transparente. No puede ser quelos pacientes de una comunidad tengan acceso a un nuevo fármaco y los de otra no”. Agustín Rivero asegura que está en estudio un nuevo mecanismo para evaluar y aprobar los nuevos tratamientos. “Se trata de priorizar aquellos que mejoren realmente o la supervivencia o la calidad de vida del paciente”, sostiene.

 En el último año se ha denegado la aprobación de varios productos que no han acreditado un beneficio suficiente. Este dilema se planteará en el futuro con mucha frecuencia. Albert Jovell está de acuerdo en que debe considerarse la relación de coste-beneficio, pero recuerda que en el cáncer, los avances no suelen ser disruptivos, sino incrementales, a base de pequeñas mejoras que van alargando la supervivencia del paciente. Todos son conscientes, sin embargo, de que hay que prepararse para el gran cambio que se avecina.

 Muchos de los nuevos fármacos en fase de ensayo no curarán el cáncer, pero permitirán vivir con él. Esta es, desde luego, una excelente noticia. En un foro reciente organizado por la Fundación Vila Casas en Barcelona, que dará lugar a una publicación sobre el tema, se planteó si estamos ante un cambio de paradigma. Si el cáncer puede llegar a convertirse, gracias a los nuevos fármacos, en una enfermedad crónica que no se cura pero tampoco mata. Esa es una perspectiva muy plausible y de hecho ya hay algunos ejemplos. El más significativo es el de la leucemia mieloide crónica. La aparición del imitinib (Glivec) marcó realmente un antes y un después. Hasta entonces, la única alternativa era el trasplante de médula, de resultados siempre inciertos. La esperanza de vida media era de cuatro años. Por fortuna para los pacientes, esta leucemia está provocada por una sola traslocación, a diferencia de muchos otros tumores, en los que pueden producirse hasta seis y siete mutaciones, de modo que no fue difícil encontrar la forma de neutralizarla. Gracias al Glivec, los pacientes ya no se mueren. Pero no pueden dejar de tomarlo.
 Francesc Bosch, jefe del servicio de Hematología del hospital Vall d’Hebrón de Barcelona, considera que este mismo proceso puede darse en otros tumores, pero eso puede disparar los costes. “En el caso de la leucemia mieloide se diagnostican unos 700 nuevos casos cada año, que se acumulan a los que ya están en tratamiento. El coste es de 60.000 euros por enfermo y año. Ahora se está estudiando si en algún caso podría suspenderse, pero de momento el medicamento ha de mantenerse de forma indefinida, pues si se retira, la enfermedad puede volver”, añade.

“El problema de los anticuerpos monoclonales es que en muchos casos frenan la enfermedad, pero en cuanto se retiran, reaparece”, corrobora Antoni Gilabert, responsable de Atención Farmacéutica del Servicio Catalán de la Salud. Convertir el cáncer en una enfermedad crónica significa que cada año se incrementa el número de tratamientos que financiar. “Nuestro gran reto es convencer a la sociedad y a los laboratorios de que hemos de priorizar aquellos que realmente aportan valor terapéutico, y tratar de ahorrar en los que aportan menos. El valor se ha de reflejar también en el precio”.

 Otro caso que ilustra sobre las dificultades de este cambio de paradigma es el de la hepatitis C, un virus que es terriblemente insidioso porque no da síntomas hasta que el daño está hecho. Acaban de aparecer dos nuevos fármacos (bocetrevir y telaprevir) que reducen significativamente la carga viral y por primera vez, algunos enfermos incluso se curan. La infección por este virus puede conducir a una cirrosis hepática y a un cáncer de hígado, de ahí la importancia de tratar a los afectados de forma precoz. El tratamiento cuesta alrededor de 30.000 euros por paciente y año. Sanidad ha establecido un extenso protocolo de uso, pero no en todas las autonomías se aplica del mismo modo. Además, el protocolo excluye de momento a los pacientes que también están infectados por el virus del sida, aunque en algunos casos se les administra.

 El dilema que se plantea es cómo incorporar esta mejora terapéutica de forma que el coste pueda ser asumido por la sanidad pública. Cuanto antes se administre, antes se para el daño. ¿Debería darse por tanto a todas las personas infectadas? Por otra parte, mucha gente puede estar infectada sin saberlo. ¿Debería promoverse la búsqueda activa de estos pacientes para prevenir futuros daños? “De momento, se ha decidido una incorporación gradual, de manera que se administra a los enfermos que tienen una mayor afectación hepática”, precisa Gilabert. Pero los que tienen menor afectación podrían evitar que la enfermedad progresase. Un dilema. En este caso, las autoridades sanitarias justifican la espera de estos pacientes no solo por el coste: en un par de años van a llegar otros dos o tres fármacos de la misma familia que ofrecen aún mejores resultados.

 A la hora de evaluar el coste-beneficio hay que tener en cuenta las vidas que se puedan salvar y el sufrimiento que se pueda evitar, pero también los ahorros futuros. En este caso, aunque el medicamento tenga ahora un alto coste, hay que contar el ahorro que supondrá que estos pacientes no lleguen a padecer cirrosis o cáncer de pulmón. Estos son los dilemas de la medicina de hoy. En el balance no solo se cuentan los beneficios del presente, sino los ahorros del futuro. Un cálculo complejo que requiere mirar más allá de la angustiosa gestión del presente.

 Riesgo compartido
El aumento de los costes ha hecho que muchos países hayan planteado restricciones en la incorporación de nuevos medicamentos. Jaume Puig-Junoy, profesor de Economía de la Salud de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, ha estudiado las diferentes regulaciones: “Las limitaciones nunca afectan a los fármacos que han demostrado valor terapéuticos, sino aquellos de segunda o tercera línea sobre cuya eficacia hay dudas o representan ventajas menores respecto de los ya existentes y además tienen efectos adversos graves”, aclara. Alemania, Suecia, Italia, Francia y Reino Unido son algunos de los países que han establecido limitaciones basadas en la relación entre el coste y la eficiencia. “La mayoría de los fármacos rechazados no es por el precio, sino porque no tienen una eficacia clara”, aclara Puig-Junoy.

 Uno de los organismos con mayor experiencia es el NICE británico, una agencia independiente cuya misión es calcular la eficacia comparada o relativa de cada medicamento. Este sistema vincula el precio al valor terapéutico y traslada la carga de la prueba de eficacia al laboratorio. En su momento, el NICE estableció un coste máximo a financiar por el Sistema Nacional de Salud de 34.700 euros por año de vida ganado. Durante un tiempo esta cifra cubrió los medicamentos que comportaban realmente un beneficio claro. El problema es que muchos de los que se presentan para estadíos avanzados de cáncer la rebasan.

 Es el caso de dos fármacos para el cáncer de riñón, que fueron rechazados en primera instancia porque se consideró que el beneficio terapéutico no justificaba el coste. La acumulación de casos ha obligado al NICE a relajar la norma y establecer que si el fármaco demuestra cierta eficacia en pacientes con dos años de esperanza de vida, la barrera del coste puede ser más alta. Como respuesta a las quejas de los pacientes, expresadas en la campaña Nice is not so nice, y para evitar que algunos hospitales cargen de forma desproporcionada con este coste, el Gobierno de Cameron ha creado un fondo de 200 millones de euros para financiar el uso de medicamentos con bajo coste-efectividad, pero que son la única alternativa para el paciente.

 La reforma en marcha en España prevé un mecanismo único y trasparente de valoración que fije el posicionamiento terapéutico, es decir, las indicaciones precisas y las circunstancias en que puede ser administrado el fármaco. Agustín Rivero precisa que también incluirá una revisión anual del beneficio terapéutico, siguiendo el ejemplo de Francia, donde el precio se reduce si los resultados no son los esperados.

 Para los fármacos con mayores dudas, la solución está en una fórmula que introdujo el NICE y que ya se ha aplicado en Cataluña en un fármaco para el cáncer de pulmón: el riesgo compartido. “El concepto es que no se paga por la caja, sino por lo que consigue”, dice Antoni Gilabert, responsable de Farmacia del Servicio Catalán de la Salud. El tratamiento se administra durante un tiempo establecido, y el sistema sanitario solo financia el de los pacientes que han respondido. El laboratorio comparte el riesgo y es el primer interesado en acotar bien los casos que pueden beneficiarse.
 
enlace original http://bit.ly/15Dg5hT

viernes, 2 de noviembre de 2012

El sistema alemán 'expulsa' cuatro fármacos del mercado




El Global.net
20 octubre  2012


El proceso abierto en España para modificar la normativa del sistema de fijación de precios y financiación no es un proceso aislado y coincide en el tiempo con la aplicación de cambios estructurales en otros países de la UE. La experiencia internacional puede ser para España un espejo valioso de cara a aprender la importancia de dotar el proceso de transparencia y de un método de evaluación a gusto de todas las partes. Los cambios aplicados en Alemania son un buen ejemplo. Allí, los pros del nuevo mecanismo se han visto empañados por un efecto adverso que afecta a la equidad de acceso de los pacientes alemanes: hasta ahora las compañías farmacéuticas han retirado cuatro productos del mercado alemán.

Se trata del antiepiléptico Trobalt (retigabina DCI), de GlaxoSmithKline; Xiapex (clostridium hystoliticum DCI), fármaco de Pfizer indicado para el tratamiento de la contractura de Dupuytren; el antihipertensivo Rasilamlo (aliskiren y amlodipino DCI), de Novartis, y Trajenta (linagliptina DCI), el tratamiento para la diabetes fruto de Boehringer Ingelheim y Lilly. La decisión de no comercializar estos productos en el mercado alemán se debe a las desavenencias producidas en el proceso de evaluación de estos medicamentos.

El fondo de la ley es sencillo: la compañía que quiera introducir un nuevo medicamento debe ofrecer un valor añadido al tratamiento actual. Ahora bien, ¿quién define cuál es ese tratamiento actual? El problema de los comparadores está detrás de estas cuatro decisiones estratégicas.

Una vez que el medicamento ha sido aprobado, la compañía puede venderlo a precio libre durante un año. Durante ese tiempo debe remitir documentación a una agencia federal (la G-BA), que a su vez solicita una evaluación a un organismo independiente, la IQWiG, que es quien transmite a la compañía qué cuatro terapias deben emplearse a modo de comparadores. Tras recibir y analizar los datos, la IQWiG determina si el fármaco aporta valor en un ratio del 1 al 6, donde el 1 supone un valor menor y el 6 un aporte "muy importante".

En los cuatro casos, la desavenencia con los comparadores sugeridos por la IQWiG ha dado al traste con las esperanzas de llegar a la fase de negociación. Es paradigmático el caso de Xiapex: el organismo evaluador señalaba que los datos remitidos por Pfizer no aportaban beneficios, y añadía además que la compañía no comparó el medicamento con la terapia escogida por el IQWiG. Para Pfizer, la evaluación era "injusta" ya que Xiapex es el primer medicamento para la contractura de Dupuytren, que normalmente es tratada mediante cirugía. Para la compañía, las autoridades deberían haber tomado en cuenta el dinero que el fármaco ahorraría en costes hospitalarios.

Objetividad cuestionada

De momento, solo dos medicamentos han completado la fase de negociación de precios: el anticoagulante Brilique (ticagrelor DCI), de AstraZeneca, y Esbriet (pirfenidona DCI), un medicamento huérfano desarrollado por el laboratorio InterMune. Otros 14 fármacos innovadores están ahora mismo en negociaciones con el Ministerio de Salud alemán, lo que en términos porcentuales significa que, en los seis primeros meses de aplicación, un 64 por ciento (dos tercios) de los nuevos medicamentos que entraron al mercado alemán en 2011 aportaron valor añadido. El 36 por ciento restante fueron a parar al sistema de precios de referencia por equivalentes terapéuticos, salvo los cuatro fármacos mencionados.

La experiencia acumulada indica, a juicio de la industria farmacéutica innovadora alemana, que los métodos del IQWiG son "científicamente cuestionables". Según su patronal, la institución no es objetiva, sino que está "claramente centrada" en servir a los intereses económicos y presupuestarios del Gobierno. John C. Lechleiter, presidente de Eli Lilly, ha explicado a su vez que gran parte de la preocupación del sector radica en que la reforma propone evaluar el valor añadido "de un modo antinatural": al tiempo que el producto se lanza al mercado, antes de que se pueda disponer de ninguna experiencia 'real'.

No es ningún secreto que el sector farmacéutico busca apoyos para modificar la legislación, un ámbito que les perjudica dentro y fuera de Alemania. Los perjuicios ocasionados por el sistema de precios de referencia internacional han forzado el Gobierno a incluir, desde 2013, una cláusula de confidencialidad a los descuentos que se negocien con las compañías. Pero, aunque se solucione el efecto de la exportación de precios, a la industria le siguen preocupando los 'precios importados'.

Cómo implementar este mecanismo en la nueva reforma fue el único asunto sobre el que el Gobierno y la industria alemana no pudieron llegar a un consenso en el acuerdo que firmaron a finales de octubre de 2011. La decisión final supuso pocas concesiones a las compañías.

Para empezar, el número de países de referencia se redujo a la mitad, de 30 a 15: Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Grecia, Reino Unido, Irlanda, Italia, Países Bajos, Austria, Portugal, Suecia, Eslovaquia, República Checa y España. Quedaron fuera del sistema los países pequeños, y el conjunto de los elegidos representarían "cerca del 80 por ciento" de la población del Espacio Económico Europeo, cuando anteriormente se tenían en cuenta países que representaran "al menos" al 80 por ciento de esa población. El veredicto sigue sin convencer a la industria en algunos puntos, como el relativo a la inclusión de Grecia en el listado.   enlace original http://bit.ly/Q7Z9KN